miércoles, 8 de mayo de 2013

EL BANDO PREHISPANICO DE TIGALATE-MAZO






PROLOGO
Los que me conocen saben de mi amor a La Palma. Los compañeros y amigos soportan mi filia palmera: lo detecto en sus miradas cómplices y resignadas, cada vez que me brindan la oportunidad de hablar de mi Isla. Si el asunto afecta a Mazo -coloquialmente nunca es Villa de Mazo-, sólo los más pacientes resisten la perorata, que inevitablemente se tiñe de nostalgia, de recuerdos infantiles y aventuras juveniles, difíciles de comprender por aquéllos que no han compartido o sufrido en carne propia el desarraigo del terruño que les vio nacer y crecer, en un ambiente cargado de dificultades, pero también lleno de cariño, humanidad y esperanzas.
Vivir es arrostrar el futuro, lo sé; pero por qué no disfrutar también con los recuerdos del pasado: ¿acaso eso no es también vivir? Estoy con­vencido de que lo es. En cualquier caso, resulta difícil hablar de Arqueolo­gía sin mirar atrás.
Tras esta confesión inicial, no resulta difícil comprender la satisfac­ción que me produjo la invitación del Dr. F. Jorge País País para prologar su libro sobre El Bando prehispánico de Tigalate-Mazo. Jorge pertenece al grupo de generosos que siempre me escuchan y conoce mi debilidad palme­ra. Sabía que no me podía negar, aunque mis credenciales arqueológicas fueran nulas. Por mi parte confieso que escribir estas líneas no me resulta fácil pues, tras el sí eufórico del corazón, llega el prurito reflexivo del no de la razón, consciente de que el tema se escapa a mis conocimientos. Una vez más, tratándose de La Palma y de mi pueblo natal, el corazón pudo con la razón. Clemencia a los críticos que no saben de amor; los que lo conocen saben que éste es ciego y su reproche siempre será piadoso.
A Jorge País lo conocí hace años, en un curso sobre naturaleza y cultura palmera coorganizado por el Cabildo Insular y el vicerrectorado de Extensión Universitaria de la Universidad de La Laguna. Nada más escu­charlo cautivó mi atención con su documentada charla sobre Arqueología de La Palma y de un modo particular por su profundo conocimiento de la idiosincrasia y cultura popular insular. Manejaba los datos con el rigor y 1; naturalidad propia de quien está seguro de sus conocimientos, no por haberlos estudiado en fuentes bibliográficas, sino por haberlos vivido y ser parte ac­tiva de la génesis de esas fuentes. Mi impresión la corroboré al día siguiente en una excursión por la geografía insular. Descubrí entonces al arqueólogo de campo, al caminante incansable, que daba nombre a hoyas, lomas, cue­vas, montañas, barrancos, cabocos, etc., con la familiaridad y precisión que únicamente posee el que ha dedicado mucho tiempo a recorrerlos. Salpica­ba sus comentarios arqueológicos con anécdotas que desvelaban esa pro­funda experiencia de campo: las dificultades vividas en los derriscaderos costeros; las inolvidables horas compartidas con cabreros solitarios; el desa­sosiego de senderos impracticables envueltos en el embriagador aroma de codesos en la cumbre; la incomprensión del propietario o la tozudez del palista que no saben -ni quieren saber- de cabanas, ni paraderos pastoriles; la emoción contenida del hallazgo de un nuevo petroglifo... En resumen, de encantos y desencantos, realidades y deseos, que siempre se describen y saborean mejor en el marco de la naturaleza que entre las frías paredes de un aula.
Estoy seguro de que los lectores de este libro sobre el patrimonio arqueológico y los modos de vida de los primitivos benahoaritas de Villa de Mazo compartirán conmigo esta pincelada sobre las características profe­sionales del autor. Repasar sus páginas equivale a un recorrido exhaustivo por la geografía y prehistoria del municipio, narradas con minuciosa exacti­tud, especialmente cuando la riqueza arqueológica del territorio así lo de­manda.
Nada voy a decir sobre los distintos apartados que componen los ca­pítulos del libro. Todos son interesantes para cuantos quieran conocer me­jor la génesis y evolución de la historia del Bando prehispánico de Tigalate-Mazo, que en opinión del autor se ajusta bastante a la actual deli­mitación del municipio de Villa de Mazo. Sólo voy a reflejar algunas re­flexiones personales motivadas por su lectura.
Lamentablemente en muchas ocasiones se descubre la belleza y utili­dad de las cosas demasiado tarde; casi cuando se nos escapan o ya no tene­mos posibilidad de dedicarles la atención que se merecen. Algo así nos ocurre a los de "ciencias" con la Historia. Se nos presentaba como una materia complementaria, cuando no un estorbo inútil, que mermaba la atención que debíamos prestar a las "fundamentales" matemáticas, física o química, que
por sus contenidos científicos más actuales estaban llamadas a resolvernos todos los problemas del futuro. Crasa ignorancia olvidar las enseñanzas del pasado y pensar que las soluciones a los problemas cotidianos siempre es­tán por descubrir de la mano de nuevos planteamientos o tecnologías. Olvi­damos que a menudo éstos nos resuelven uno y nos crean dos, y olvidamos también que muchos de los problemas actuales ya los sufrieron generacio­nes pasadas y los resolvieron con inteligencia, negociando y consensuando discrepancias, como Juguiro y Garehagua, juntando y no desuniendo.
Comprendo las dificultades que para los prehistoriadores debe pre­sentar el reconocimiento del Bando de Tigalate-Mazo y sus límites con los contiguos porque éstos debían ser -y continúan siendo- difusos desde el punto de vista biogeográfico y cultural, hasta el extremo de que es posible detectar disyunciones más profundas entre las dos comarcas del cantón de Tigalate, que entre éstas y sus respectivos bandos limítrofes (Tedote y Ahenguareme). Villa de Mazo comienza en Rosas y termina en Flores; poé­tico sí, pero resulta que en la delimitación de los territorios siempre hay conflictos porque, además de los límites legales objetivos, hay otros bióticos o culturales más etéreos y subjetivos. Yo reconozco a Mazo con el olfato; más por sus características organolépticas que por sus límites políticos. En serio, cada vez que desciendo del avión en el Aeropuerto, reconozco el aire de La Bajita, de las maltrechas puntas de El Ganado y Libra de Pan y, si me esfuerzo, hasta de la cueva de Pablo Concha sepultada por el Aeropuerto en La Caleta de El Palo -que tuvo, sin duda, un gran valor arqueológico-. ¡Cómo no voy a reconocer las calas donde aprendí a nadar, que para un isleño es tan importante como aprender a caminar! O es acaso posible olvi­dar los caminos reales de la infancia, recorridos con las incomprensibles prisas del padre y la siempre adorable parsimonia del abuelo, que ponían nombres hasta a las lajas del empedrado del camino e imaginaban ríos o charcos que, con astucia, nos hacían sortear para no llevarnos en brazos. Eso jamás se olvida, y hoy una de mis pasiones favoritas cuando vuelvo a La Palma es volver a recorrer esos caminos y, saltando como antaño, fabu-lar entre las piedras desgastadas que han resistido al asfalto. Las piedras de las "calzadas de la Iglesia", por ejemplo, son para mí tan inolvidables como las misas de la Luz o las naranjas que, sin permiso, cogíamos en el trayecto a la tenue luz de la luna en las claras y frías madrugadas de invierno.
Con algunos pasajes del libro de Jorge he disfrutado tanto como con los recuerdos que ahora acabo de reflejar. Un libro que me ha descubierto […]

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