sábado, 29 de junio de 2013

LA RUEDA EN GRAN CANARIA





Este último libro de José Miguel Alzóla encierra un equívoco inicial: el de su títuío. Porque «La rueda en Gran Canaria», tras la aparente levedad de su denominación, no es sólo una crónica histó­rica en que se narran los episodios relativos a la introducción y des­arrollo en nuestra isla de ese adminículo circular que sustenta a to­do medio terrestre de locomoción. Es también, quizás principalmen­te, una evocación fiel, rigurosa y ordenada de la vida en esta isla en todos aquellos múltiples aspectos que de cerca o de lejos, directa o indirectamente, se relacionan con ese factor socioeconómico tan de­cisivo como es el transporte interior. Ello quiere decir que en las apretadas noticias de sus páginas, a las que no falta nunca el cerca­no apoyo del documento, se condensa, un poco a modo contrapun-tístico, un serio fragmento de la historia económica de Gran Canaria en el largo período que va desde fines del siglo XVlll hasta los pri­meros años de la centuria actual.
La obra, que es la cuarta importante que publica su autor «Iconografía de la Virgen del Pino», en 1960; «Domingo Déniz Grek», en 1961; «Historia del ¡lustre Colegio de Abogados de Las Pal­mas de G. C.», en 1966— debe su existencia como libro, con lo que ello comporta de empeño perdurable, de tarea orgánica, de más no­ble ambición, al oportuno consejo de un amigo dilecto. José Miguel Alzóla descubrió al azar de sus pacientes trabajos de investigador de nuestra pequeña historia unos cuantos datos curiosos sobre la aparición en la ciudad de sus primeros carruajes. Pensó escribir con ellos algunos artículos para un periódico. El ilustre profesor Enrique Marco Dorta, a quien la obra va dedicada, conocedor de sus valio­sos hallazgos, le argumentó que era una lástima confiar a un medio difusivo tan perecedero una copia de noticias que, aparte su cómica y pintoresca amenidad, eran otros tantos forzados hitos en cualquier intento de historiar la vida económica de nuestra región. La pesquisa entonces se sistematizó; el modesto cuadro proyectado hubo de en­sancharse. Un abortado serial periodístico se ha convertido en una obra histórica de perfecta justificación, bien concebida traza, infor­mación abundante, variada diversidad y altas cualidades formales. Como el lector apreciará, uno de los méritos de este libro, que real­za con ello sus valores intrínsecamente históricos, es la calidad de su texto, es decir, la gracia fina, el estilo alígero, la sutil y suave iro­nía —que es a la postre, como dijera Gustavo Pittaluga, una forma larvada del amor— la elegante y sobria dicción, la naturalidad y fluencia narrativas, todo lo cual convierte un trabajo de arranque temático creíblemente inameno en una verdadera y ajustada muestra literaria. Sólo un buen arte de escritor es capaz de vivificar unas es­tampas como éstas, que pudieran en principio reputarse inatractivas, pero que vemos luego desfilar animadas y pespuntadas de gracia ocurrente ante nuestra absorta atención: el estado de los caminos en una isla secularmente abandonada; la vida física, municipal y espe­sa de una diminuta ciudad provinciana corroída de hastío, quebran­tada de atraso y pobreza; las rudimentarias comunicaciones entre los pequeños núcleos habitados, para los cuales la «corsa», una especie de entramado de madera entre rastra y trineo, casi constituía una supervivencia de instrumento neolítico; el expectante arribo de los primeros coches y la sucesión de empresas de servicio público, tras las cuales se dibujan personajes de tan vivos rasgos como ese Mr. Lustre, director de una «troupe» ecuestre y gimnástica, que aca­bó en fallido transportista, etc. etc. R\ hilo de la enumeración esta­dística van surgiendo otros tipos y escenas bien diseñados-, el enciclo­pédico don flntonio Domenech, guarnicionero republicano, fabrican­te de ginebra y licores, agente autopublicitario de mucho donaire y hasta ocasional autor dramático; las primeras notas del delirio de velocidad entre los carreteros isleños; la tradicional impuntualidad de nuestros coches de hora; el primer accidente mortal de circula­ción, ocurrido en 1861, etc. Para dar paso finalmente al largo reinado de la tartana, que llena ya muchos años de la vida del autor y para quien la remembranza del popular vehículo, tan vinculado a nuestro […]

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