jueves, 27 de junio de 2013

AGUA Y AGRICULTURA EN CANARIAS






1. AGUA QUE HEMOS DE BEBER
Asistimos en los últimos años a la ceremonia de la confusión; una administración local dedicada, en muchas ocasiones, a fuegos de artificio y a lamentaciones hacia Madrid, y una administración central que nos olvida y nos margina.
Canarias no aparece en el mapa de la sequía tratado estos días en Madrid. Aquí hemos perdido estos años gran parte de los cultivos de secano, en uno de los períodos más secos de los últi­mos cincuenta; mientras, cuando visitan las islas los responsables del tema hidráulico, proponen la construcción de la primera desaladora de agua del mar en Tenerife para 1995, cuando en buena lógica ten­drían que haberla construido hace diez años, ante la expansión de las urbanizaciones y el empeoramiento del acuífero.
Por otra parte, Madrid sitúa a Canarias como campo expe­rimental en materia de aguas, ante los problemas en la costa medi­terránea que ya ponen las barbas de remojo: pozos salinizados, el fracaso del trasvase Tajo-Segura, etc...
Aquí la administración local tampoco tiene sensibilidad. Lo mismo se extiende un cheque de 400 millones a Vázquez Figueroa para una película, que se dilapidan quinientos millones para el car­naval. Mientras, en Santa Cruz, consumimos agua no potable con dos mil mmhos/cm de conductividad y se es incapaz de tomar la iniciativa en el tema del agua. Problemas como el Sifón del Barran­co de Tamadaya, el Canal de Tágara, o las redes urbanas que pier­den hasta el 50% del agua..., y los alcaldes del sur de la isla más preocupados por los repetidores de televisión privada, o el templo del Hermano Pedro, o si el Casino de Playa de Las Américas lo ponen en Adeje o Arona,...
Mientras tanto, los problemas del agua para abastecimiento humano o para la agricultura continúan en el congelador, con serias dificultades para los agricultores y hoteleros; no se construyen las desaladoras; se ha pasado de proponer desaladoras para el verano del 92 a desaladoras para el 95 ó 96, posteriormente se incorpo­ran otros problemas técnicos y de financiación; así, acabaremos con el agua que consume la agricultura del sur y dejamos resuelto los problemas de los plátanos y tomates ante la U.E dedicando el agua a regar turistas y campos de césped ¡La modernidad y el espíri­tu de Maastricht!
1.1. TECNOLOGÍA Y BUROCRACIA
Hace algunos años que la tecnología permite desalar agua del mar; sin embargo los costes son prohibitivos para la agricultura. Por ello defendíamos, desde la década de los ochenta, que las urbani­zaciones turísticas construyeran sus plantas desaladoras para evitar entrar en una competencia desleal por el agua entre agricultura y turismo, pues mientras al agricultor el coste del agua le puede signi­ficar, con los precios actuales, hasta el 40 o el 50% del producto bruto de una explotación, a un hotelero la factura del agua no le suele alcanzar el 5 %, incluso con agua desalada del mar.
La tecnología también tiene color político. Si bien hemos pa­sado en veinte años de consumir 30 kilovatios para desalar un m3 de agua, a fabricarlo con sólo seis, es decir, a producir un metro cúbico de agua con menos de un litro de fuel (sistema de osmosis inversa) por otra parte el que se fabrique por osmosis inversa o por vapor en una planta dual (producción de energía eléctrica y agua), o en pequeñas desaladoras aisladas tiene claras connotaciones po­líticas, lo que significa planificar o derrochar. […]


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