martes, 30 de julio de 2013

OBRAS POLITICAS





INTRODUCCIÓN
Don Alonso de Nava Grimón, sexto marqués de Villanueva del Prado, es uno de los personajes más destacados de la historia canaria, debido al importante papel político que desempeñó en circunstancias difíciles y a la integridad y patriotismo de que dio repetidas muestras a lo largo de toda su vida pública. Los historiadores lo conocen sobra­damente y hasta se puede decir que su recuerdo no se ha borrado en la conciencia de lo que podríamos llamar el gran público de su isla natal y de Canarias en general. Se le deben, en efecto, intervenciones deci­sivas en empresas de primera importancia, en las que fue siempre precursor entusiasta y en las que gastó abnegadamente su tiempo, sus esfuerzos y su dinero. Todos conocen su conducta como presidente de la Junta Suprema de Gobierno formada en Tenerife, en 1808, con motivo de la Guerra de Independencia. Antes había intervenido en la fundación de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Laguna y había acometido solo, sin apoyo y pagando el precio de mu­chos años de trabajo y de buena parte de su fortuna personal, la em­presa del magnífico Jardín Botánico que, a pesar de haber sido funda­do por real decreto, bien puede considerarse como su obra exclusiva. Más tarde sería uno de los comisionados que presidirían a la crea­ción y a los primeros pasos de la Universidad de La Laguna. Tuvo una actuación no menos eficaz en sus numerosas personerías, de las que subsisten como pruebas documentales muchas memorias de su mano sobre comercio, vinos, montes, emigración y en definitiva sobre todos los problemas que interesaban la vida material de sus conciudadanos. Había fundado en La Laguna el primer montepío de labradores; es­tudió e hizo las proposiciones encaminadas a organizar en la Isla la enseñanza de primer grado; y prácticamente intervino en todo cuanto se relaciona con la vida pública de Tenerife en los años que median entre 1787 y 1828.
No es de extrañar, pues, si el recuerdo de tantos servicios y de tan eminente personalidad perdura aún en la memoria de los isleños. El retrato del marqués de Villanueva del Prado sigue presidiendo la sala de sesiones de la Real Sociedad Económica, cuya biblioteca está formada en su mayor y mejor parte con los libros de este procer. Una lápida algo arrinconada recuerda al visitante del Jardín Botánico que todo cuanto ve, tiene su origen en los sacrificios del mismo personaje, uno de los más representativos de la Ilustración canaria. Desde este punto de vista, sus compatriotas no le han sido ingratos.
Pero no se puede decir lo mismo de la obra escrita del Marqués, que no ha merecido hasta ahora casi ningún interés por parte de la inves­tigación. El capítulo que le dedica Agustín Millares Cario en su Bio-bibüografia de escritores naturales de Canarias y los textos inédi­tos que reproduce B. Bonnet en su historia de La Junta Suprema: he aquí, si no nos equivocamos, casi todo cuanto se ha hecho hasta ahora para su fama postuma como escritor.
Las ra/ones de este silencio son varias al mismo tiempo que obvias. En primer lugar, el mismo Marqués no publicó sino muy pocas cosas durante su larga vida, dejando lugar así a la impresión de que su obra literaria era algo accesorio dentro de sus actividades y que a él mismo no le interesaba mucho presentarse delante de la posteridad con esta calidad de autor, que pocos aristócratas de su época codiciaron. Además, todo cuanto publicó él mismo no da una gran idea de sus mé­ritos en este campo. Un Oficio del marqués de Villanueva del Prado al Cabildo de Tenerife (1810), que no tiene pretensiones literarias; una traducción parcial, en verso, de Los Mártires de Chateaubriand, mucho más notable por la erudición de que hace gala en su introduc­ción que por el estro de su poesía; una tímida composición poética titulada La sombra de Amalia (1829), en ocasión de la muerte de la reina: he aquí las obras con que él mismo quiso o pudo presentarse al público lector. En fin, sus papeles inéditos, notablemente conserva­dos en la misma Biblioteca antes aludida, ofrecen una montaña abulta­da de tomos manuscritos, que más bien parece haber desanimado a los investigadores y en que se mezclan los documentos personales con las cartas recibidas, la correspondencia oficial con las poesías, los me­moriales políticos o económicos con las relaciones genealógicas.
Pero la causa principal del desafecto de la crítica parece haber sido un error de óptica del que, al fin y al cabo, el principal respon­sable es el mismo Marqués. De las pocas obras que él mismo publi­có parece poderse deducir que abrigaba la ilusión de ser poeta; pero esta ilusión está lejos de corresponder con la realidad, a menos de […]

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