miércoles, 10 de julio de 2013

A ORILLAS DE LA LAGUNA





Así nació la laguna  
I
De repente, algunos fijaron su atención en aquel valle de la altiplanicié, poblado de árboles, en una de cuyas esquinas brillaban las aguas las aguas  de un lago. Era como el hogar de todos los pájaros y el aire era trans­parente y fresco y las nubes viajaban, libres de cualquier impedimento. La bata­lla había concluido. Unos guanches se rindieron y otros huyeron a sus cuevas en el corazón de los barrancos. Los conquistadores se quedaron solos frente al pai­saje prodigioso y, como había sonado la hora de la paz, hubo quien afirmó: "Aquí levantaré mi casa y para siempre". Y recorrieron los llanos de Agüere hasta encontrar un promontorio, apenas insinuado, donde construyeron los primeros y humildes hogares, dos o tres casas pajizas, junto a un cobertizo que los clérigos que acompañaron a los soldados habían levantado en honor de Santa María de la Concepción, "una. iglesia chiquita que por reparo se hizo luego que se ganó la isla".
La habían llamado Batalla de La Laguna y parece ser que concluyó el 25 de julio del año 1495. Y hubo grandes duelos entre los guanches porque allí murió, en combate, el caudillo Bencomo, junto con su hermano Tinguaro, y la guerra colmó de luto a los que supervivieron, mientras algunos de los soldados del Ade­lantado decidieron cambiar la lanza por el arado y sembrar la tierra, o ejercer el pastoreo en aquella campiña que, con tanta agua, tanto verde y tanta fertilidad se les aparecía como la tierra prometida.
Y guanches y castellanos, unos con su tristeza y otros con su esperanza, intentaron convivir, mientras empezaba a correr el año venturoso de 1496. Esta­ba naciendo un pueblo y la tosca piedra de las paredes de sus casas brindó la pri­mera sombra del inmediato verano, mientras, bajo una enramada, la fiesta del Corpus Cnristi se hizo realidad gracias a la fe de los que habían elegido el cami­no de la colonización.
En los alrededores abundaba la floresta; arrayanes, laureles o madroños se multiplicaban, coronando las colinas. Era un buen sitio para emprender nuevas tareas y así lo entendieron, no sólo los castellanos, sino los gomeros que también habían tomado parte en la conquista, o los portugueses, que bien pudieron ser mayoritarios a la hora de colonizar aquellas tierras. Todos, al unísono, se pusie­ron manos a la obra, surgiendo entonces nombres de destacados en aquella inci­piente colectividad: Rodrigo el Coxo, Pedro Magdalena, Diego Alcántara, Nico-lau Angetate, Luys Alvarez, Antón Martínez, Bartolomé de León...
Poco a poco iba cuajando el primer censo de los que se agruparon al amparo de la agricultura siguiendo la norma de lo que hicieron los cristianos por aquella misma época en la Península, junto a la frontera de las tierras recién ganadas a los moros. Y el asentamiento en torno a la Concepción siguió en aumento, tomando forma de aldea humilde y mísera pero con voluntad de sobrevivir, que por algo esos lugares fueron de dominio público y cada cual pudo elegir, a su libre albe-drío, el lugar que le daría techo y cobijo.
Así empezó todo, a los pies de la "sierra redonda de La Laguna, por donde se va a Tegueste ", enclave geográfico que nos hace pensar en la Mesa Mota. Hombres decididos, como Cristóbal de Valdespino, Pedro Corvalán y todos los que habían elegido aquel lugar de la abundancia y del sosiego, secundados por Hernando de Trujllo o Pedro Megía, llevaron piedra y hierba seca y continuaron la noble tarea de levantar y techar sus viviendas, honrando y perpetuando lo que los guanches consideraron como el paraíso de su isla.
Había que ponerle nombre a lo que ya iba cobrando forma y espíritu de poblamiento, y se eligió el de San Cristóbal, "porque Nuestro Señor fue servido que el día de la festividad de San Cristóbal fuese ganada esta isla por los cristia­nos conquistadores a los naturales infieles de ella".
Pronto, aquella comunidad recién bautizada necesitó que la administraran y la gobernaran y, con tal motivo, "el Señor Adelantado Alonso de Lugo goberna­dor e capitán general de las islas de Tenerife e La Palma, por el Rey y la Reina n.s." tras unas elecciones, nombró a Francisco Corvalán alcalde mayor, a Guillen Castellano, Pero Mexía, Cristóbal de Valdespino, Femando Truxillo y Lope Fer-nandes, regidores, y aguacil a Fernando de Llerena.
Tras los primeros repartimientos, los viñadores comenzaron a poner manos a la obra y pronto a los sarmientos plantados en las tierras próximas de San Láza­ro les brotaron las tiernas hojas de la futura vid mientras los hortelanos, al otro lado de La Laguna, sembraban semillas de hortalizas, justo en el lugar donde, más tarde, se edificaría la Iglesia del Señor San Miguel.
Y así iba transcurriendo todo, cuando llegaron las mujeres y entonces de las casas recién hechas, salieron los primeros humos de las lumbres propagando el perfume de los aromas domésticos y dándole humanidad y ternura a aquel esce­nario donde se iban a iniciar los primeros romances entre doncellas guanches y curtidos soldados de Castilla que culminarían con la leyenda de la boda de Dácil, la princesa taorina y el capitán Gonzalo del Castillo, antiguo jefe de la caballería
conquistadora. Dácil o Francisca, que es como realmente parece que se llamó aquella aborigen, fue protagonista del primer episodio de un largo y hermoso cruce de razas que, en aras del amor, rompió trabas y prejuicios y salió triunfante para toda la vida.
San Cristóbal de La Laguna se estaba haciendo realidad para la historia.



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