lunes, 15 de julio de 2013

MUJERES CANARIAS CONTRA LA REPRESION




PROLOGO
A decir verdad, no sé exactamente por qué Arturo Cantero ha pensado en mí para prologarle este libro: no soy historiador y ni siquiera experto en el tema que aborda, la represión antifranquista en Gran Canaria contada por las mujeres (espo­sas, madres, hermanas, novias) de aquellos dirigentes, militan­tes comunistas casi todos, por no decir todos, sobresalientes en la lucha contra la dictadura que había acabado con la II Repúbli­ca española y que se prolongó durante casi cuarenta años.
Naturalmente, algo conozco sobre el asunto, esencialmente por testimonios orales y porque, hijo de mi padre al cabo, mi casa fue siempre un albergue de ideas y principios de izquierda, por supuesto, pero sobre todo liberales, respetuosos, profunda­mente respetuosos añadiría, con los y las de los demás. De ma­nera que, acaso por ello mismo y por la profesión de mi padre (médico y psiquiatra, médico y psiquiatra digo bien) viví desde «dentro» y en el momento en que se producían muchos de los dramas personales y las más de las zozobras colectivas que aquí se cuentan. Luego, mi implicación personal en la lucha antifran­quista me hizo aproximar al cogollo de lo que aquí se cuenta, aunque carente de detalles, que hoy empezamos a conocer, y también de la perspectiva que da el tiempo, perspectiva que ya empezamos a tener.
Es por ello que me siento un tanto confundido, pero pro­fundamente halagado con la propuesta de Arturo de prologar este su tercer libro. Arturo Cantero Sarmiento, me apresuro a decir, para traer inmediatamente, desde las primeras líneas, el recuerdo de su madre doña Carmen, doña Carmen Sarmiento Valle, cuya entidad queda bien reflejada en estas páginas en el capítulo que a ella le dedica, dentro del conjunto de mujeres que se dis­tinguieron, unas en la sombra, otras en las bambalinas, quienes en la calle, en la lucha por la libertad, la democracia y la justicia con los trabajadores, es decir, contra el franquismo.
El prólogo que yo quiero escribir no puede prescindir de la evocación. Por una razón bien simple: porque Arturo me de­vuelve a unos primeros años en los que se forja gran parte de mi personalidad. ¡Qué sencillo es a veces todo! Yo me veo en la piscina «Julio Navarro» de Ciudad Jardín haciendo piscinas y más piscinas en las sesiones de entrenamiento del Club Metropole al que pertenecía, pero veo también al borde de ella, recorriéndola arriba y abajo, siguiendo la marcha de algún pupilo, a Arturo Cantero, tal y como es ahora, con unos kilos menos nada más, pero tal y como es ahora: doblado, saludable, voluntarioso, serio y firme como una roca. ¿Y cuál era uno de sus pupilos? Su her­mano Jesús, al que luego vemos con él «fabricando» (forjando) la actual, y primera, bandera canaria, la de la comunidad autó­noma. (Me apresuro a decir también que en aquel entonces la piscina «Julio Navarro» había que compartirla entre el citado Metropole y el desaparecido Club Natación Alcaravaneras, diri­gido y pupilado por los hermanos Guerra, aquellos que forjaron la figura campeona de Manolo Guerra, el primer español que bajó del minuto en los cien metros «crowl», como se decía en­tonces, hoy cien metros libre. Arturo formaba parte del elenco de monitores del Alcaravaneras.
A quien veo realmente no es necesariamente al monitor sino a un ser que se define esencialmente por la voluntad, la constancia y la firmeza, ése que es el mismo Arturo Cantero de hoy, de hoy y de ayer, porque ni diez y nueve meses de cárcel ni otros avatares políticos o personales como la fatídica muerte de su primera esposa y compañera Estrella (a la que dedica en este libro un capítulo que compite en emoción amorosa con el que […]

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