domingo, 4 de agosto de 2013

LA MUJER MOJADA







Escribo para los hombres. Los dioses conocen mi relato desde el tiempo anterior al tiempo.
Porque fui bella e inteligente viví siempre en el filo cortante de lo trágico. Me crié en un ambiente con muchas reglas tácitas, donde no se alentaba la expresión personal en los niños. La aparen­te buena educación se consideraba como una cosa de la máxima importancia. Mi familia fue una mezcla, a partes iguales, de egoís­mo y engaño. Mis padres eran excelentes actores en una comedia de artificio. Detrás de unas máscaras de piedad y de fingida devoción se escondían personas perversas y dañinas. Detrás del hipócrita te­lón social se desarrollaban las escenas más violentas, con el lengua­je más obsceno y los modales más groseros.
Fui la favorita de mi padre. Su naturaleza débil y confusa, también intratable, nunca pudo controlar el miedo y la desconfianza que me producía mi oscura feminidad. Mi madre no me necesitaba, por ello, la amé y la odié. Tampoco necesitaba a mi padre. Cuando mi madre, terrible, destructiva y devoradora, me abandonó, intenté penetrar demasiado en el alma de mi padre. El conflicto entre mi padre y yo se basaba en que yo le conocía y él no me conocía. Tam­bién mi padre me abandonó. Creí que no podía vivir la vida a mi manera, sólo a la de mi madre. Me convertí en mi propia madre y en mi propio padre.
Cuando perdí la simbiosis familiar, una pena intolerable me embargó. Mendigué afectos, supliqué comprensión, sólo recibí falsas monedas de aleaciones de desengaños y de indiferencia. Huí al lado oscuro. Penetré en la tenebrosa cueva de la duda por las sinuosas y escarpadas veredas de la averiguación. Mi espíritu se bañó en el helado mar del desasosiego. El camino fue pedregoso. Lo que toca­ba era áspero. Los tallos de la comprensión eran espinosos, porque el mundo era abyecto. La gente era abyecta. Yo era abyecta. Mis ojos resplandecían, mis mandíbulas se aferraban en un trismo de asco y los espumarajos de repulsa asomaban por mis labios.
Me convertí en un ser atormentado y atormentador. Atormen­tada por el mundo. Atormentada por la vida. Delante de mí había un abismo interminable. Mi ánimo estaba siempre en los extremos. En los extremos de la locura. Iba desde la luz a la oscuridad. Desde la manía a la depresión. Desde la exaltación al abatimiento. Nunca estuve en el centro. En el punto geométrico de la normalidad. Los estratos más oscuros de los sentimientos se removían por las más insignificantes sensaciones. Escarbé en los más recónditos escon­drijos de la mente y encontré la auténtica realidad. La autentica rea­lidad que se esconde a la mirada superficial de la gente ciega, la gente de las fútiles costumbres. Cuando busqué el lado oscuro, una agobiante angustia brotó en mi alma. Cuando no fui capaz de tole­rar el aspecto tenebroso, surgió la rabia.
Apacible, romántica y sentimental, también perturbadora y ex­plosiva, de intensas y rápidas afectividades, poseía una fuerza ex­traña dentro de mí, era una voz que susurraba a través de mí. Estaba hechizada, arrebatada y, también, destruida por un plan trazado por el destino. El destino me insuflaba y me inspiraba. Aumentaba mis­teriosamente mis energías. Un deseo ardiente llenaba mi cuerpo y mi alma, y galopaba por mi sangre. Mi ruina fue el destino. Lo que ocurrió, tenía que ocurrir. El destino hizo que ocurriera algo grande y terrible. Mi desastre personal era inexplicable a los ojos ajenos.
El significado de mi nombre, "la que mata a los hombres ", decía mucho de lo que iba a suceder. Seductora y frígida, jugué con los hombres. Orgullosa y atrevida, exploré las pasiones y los peli­gros mortales que esconden la curiosidad y el poder. Permeable a las impresiones colectivas de la conciencia matriarcal, representé el eterno femenino.
Todo el mundo había previsto que triunfaría y que, con toda seguridad, escaparía a la maldición familiar del alcohol, la estupi­dez y la tragedia. La línea divisoria entre el éxito y el fracaso fue un estrecho camino de oportunidades que recorrí a trompicones en los turbulentos años de la adolescencia. Alcancé grandes logros, pero me sentí vacía. Dotada de gran penetración intuitiva, influida por mi calidad clara, brillante y ligera, adiviné aspectos generales, que resultaban extraños a los que me rodeaban.
Orgulloso e intrépida, indagué el inconsciente, pero la som­bra estaba demasiado desintegrada y separada, y allí, escondido y gesticulante, estaba mi complejo mórbido. Me sentí estrangulada por la sombra. Sufridas las intrusas demandas, reclamé la rehabilita­ción. El problema de mi vida es que siempre actué pasivamente de­jando que las cosas siguieran primero su curso y reaccionando después.
Ya en la vejez, cuando resulta muy fácil traspasar la frontera que nos separa de los muertos, he comprendido que mi vida no es una novedad, sólo una repetición de un ancestral comportamiento. Repetición ininterrumpida de gestos inaugurados por otros. Un man­dato nacido de los fundamentos de la Humanidad dirigió mi vida. Una autoridad desconocida ordenó mis pensamientos y canalizó mis acciones. Cada virtud practicada aquí abajo posee una contraparti­da celestial, en el reinado de la verdadera realidad. Mi cuerpo estu­vo habitado y fue utilizado por lo sagrado y duradero. No fui lo que quise, sino lo que pude. Todas las cosas fueron diseñadas antes de la llegada del tiempo. Lo que hice, ya se hizo.
Desde una estación, no muy lejana, moro en un campo yermo donde mis ánimos no han de crecer nunca más y mis ilusiones se han marchitado para siempre. Abandoné el calor de la rabia y de la cruel­dad. Siento en mi alma los escalofríos de la helada frialdad próxi­ma. Tengo el cuerpo seco, las carnes grises y flácidas como frutos pasados, los cabellos blancos, los huesos aplastados, la piel demasiado usada, la vista turbia, el oído duro, la sangre aguachenta y los nervios agostados. Quebrantada mi belleza. Cumplido mi destino. Humildemente solicito indulgencia, si a alguien daño hice. Si esto no es posible, que, al menos, respeten mi locura.
Mi vida se halla amenazada y el mundo vacío. Quiero abrir las puertas de mi corazón de par en par. Siento, más con afán de recreación que con propósito de reparación, una indecible voluntad de retorno al principio. Tengo necesidad de librarme del recuerdo del pecado y de la larga secuencia de los acontecimientos persona­les.
Por si el relato de mi vida puede justificarme ante la Justicia Ultima, sólo por eso, os cuento lo que ocurrió. Con mi historia voy a mi tarda amiga y costumbre última, la muerte.
Elena Sandoval
P.D. Para huir de mí hablaré en tercera persona.



¿ESPANA NOS MANTIENE?





Josefa Falcón Abreu
Tenemos los canarios que despertar, que hacer algo para que estas islas se encaucen por el camino correcto, ya que parece que nuestros gobernantes no saben hacerlo pues habrá que buscar la forma de que otros lo hagan, pero hay que tomar medidas ya, la situación es alarmante, caótica…no levantamos cabeza, hay mucha gente pasándolo mal, y que les pase esto un mes o dos mal que bien pero, tanto tiempo ya…A mí es que se me parte el alma ver a la gente buscando comida en los contenedores, todos en general pero, sobre todo, me impacta cuando esa gente es gente mayor, o verles en largas filas esperando obtener algún alimento de Cáritas o Cruz Roja, eso es terrible, estamos hablando de gente que no tiene nada ¡nada que comer! Y eso aquí, entre nosotros, es algo que no nos gusta ver, porque no queremos para nadie estas situaciones pero menos aún para nuestros hermanos canarios. Siempre ha habido gente que han vivido en la mendicidad pero, lo de ahora, ya es demasiado. Tenemos representantes políticos que siempre están de acá para allá, habla que te habla con unos y con otros, tirándose los trastos con la oposición y entre sus viajes, sus idas y venidas, se van los días y nuestras cosas sin resolver…Cuando nuestros políticos canarios: Presidente, consejeros, diputados, senadores etc., se reúnen para buscar soluciones entre ellos mismos o con otros políticos de más alta alcurnia yo me pregunto si alguna vez sale algo de esas reuniones, las cosas siguen estando igual o peor, yo no veo soluciones por ningún lado ¿Es que nadie está capacitado para encontrarlas? ¿Por qué siempre hemos de hacer lo que nos digan desde fuera si resulta que todo nos perjudica? Somos la Comunidad con más parados, con más pobreza….Todo para Canarias es complicado ¿todo es difícil por ser insulares? Pues lo mejor es que hagamos las cosas desde aquí, que podamos tomar las decisiones aquí, nadie como nosotros para luchar por lo que necesitamos, por nuestra gente, nuestra tierra… Sabemos de familias que viven de la pensión de los abuelos, pero no solo pequeñas familias de tres o cuatro miembros, sino familias compuestas por cinco, seis o más miembros, pero es que además casi son unos privilegiados porque eso es algo que no todos tienen la fortuna de tener porque, esos otros, tienen que buscarse la vida, malviviendo, rebuscando algo que llevarse a la boca y no ¡NO! no más miseria, esto tiene que cambiar ¡YA! Despertemos que ya es hora! ¡Un cambio ya! Es necesario…Buen día amigos…

sábado, 3 de agosto de 2013

HEROES DE PACOTILLA





DESMITIFICANDO

PEDRO HERNANDEZ CABRON: PIRATA, ESCLAVISTA Y ALMIRANTE DE LOS REYES CATOLICOS

Eduardo Pedro García Rodríguez

Pedro Hernández Cabrón fue un gran comerciante de esclavos, regidor de Cádiz, nido de piratas, bucanero e inteligente guerrero gaditano. Nació en el seno de una familia prestigiosa y pudiente de la ciudad en la segunda mitad del siglo XV, que llevaba a gala su linaje y apellidos. Apellidos que fueron desvirtuados ante las pérfidas actuaciones emprendidas por este personaje gaditano en el campo de batalla, con las que logró manchar para siempre su nombre hasta el extremo de convertirlo en el insulto que es hoy: “Cabrón”, en el sentido más violento de la palabra.

Le llamaban “Cabrón”  por su mala sangre y su desmedida crueldad, fue   uno de los piratas más importantes de Cádiz. Un corsario que trabajó a las órdenes de los Reyes Católicos y que se enriquecía con las depredaciones de todo tipo, Participo en  la invasión y conquista de Tamarant (Gran Canaria), llevo a cabo expediciones depredatorias contra los imazighen continentales. 
En 1492, cuando la expulsión por orden de los reyes católicos de los judíos de España, Pedro  monta una flota para llevárselos, partió del puerto de Cádiz con 25 barcos cargados de españoles de raza y religión judía,  en un principio con destino a Oran, sin embargo los judíos nunca llegaron a su destino.
En esta época era corsario, pero como había sido pirata tenía muchos contactos. Llega a un acuerdo con un pirata de Orán para llevar allí a los judíos sin trabas oficiales. Tras la expulsión, los judíos no pueden llevarse sus riquezas. Entonces, Pedro Hernández Cabrón acuerda con ellos que podría llevarse sus bienes a cambio de un módico precio.

Pero a la hora de la verdad, en vez de llevarles a Orán, les deja en Málaga y Cartagena, que eran cristianas, y les roba  todas sus riquezas, y además muchos de los desgraciados judíos son vendidos como esclavos.
¿Alguien recuerda hoy a los judíos arrojados al mar desde los barcos de Pedro Fernández Cabrón, cuando para más horror sus esposas, y despojados de sus pocos bienes?
Investigado en los archivos de Simancas, existe un legajo con fecha 24 de Agosto de 1478 que dice: Perdón a favor de Pedro Fernández Cabrón, vecino de Cádiz, por sus actividades de corsario en las costas del reino de Aragón y por su intervención en las disensiones entre el Duque de Medina Sidonia y el Marques de Cádiz. Este perdón aunque iniciado con las palabras” Don Fernando por la gracia de Dios”, no puede ser un perdón real, al menos en su nombre, ya que Fernando solo será rey de Aragón a partir de 1479 hasta 1516. (Juan Manuel Valladares).

Contrato entre la corona castellana y el pirata Pedro Hernández Cabrón para la invasión de Tamarant, según Buenaventura Bonnet.

“Por último, en un asiento de 12 de enero de 1484 en el Libro de Rentas de la catedral de Burgos, se entrega a Mateo Pinelo, procurador de Francisco Pinelo, para satisfacer a la Santa Sede, la deuda que con ella tenía el canónigo de dicha catedral Juan Sán­chez de Bilbao, colector que había sido de la indulgencia pontifi­cia, concedida por breve, que se conserva original en el archivo, de 8 de abril de 1478 para la conversión de Gran Canaria. Parece que en virtud del breve ya citado los Reyes escriben al concejo de Se­villa en febrero de 1479 acerca del cobro de la indulgencia expre­sada, la que tenía su origen en Benedicto Xlll, que la concedió a Juan de Béthencourt y que después constituyó el fondo utilizado para la sumisión y cristianización de Gran Canaria en la primera fase de la conquista. Así vemos que con Juan Rejón asiste a la con­quista el deán Bermúdez, fiscalizador de los gastos y representante del clero.

En la segunda fase de la conquista la Iglesia no interviene pe­cuniariamente.

Los Reyes encargaron a sus consejeros los doctores Talavera, Villalba y Lillo que concertaran un asiento con Alonso de Quintanilla, su contador mayor, y con Pedro Hernández Ca­brón, para la conquista. El importe total de los gastos se calculó en 900.000 maravedises, de los cuales la Corona abonaría por conduc­to de Quintanilla 300.000 y los restantes 600.000 se pagarían por Hernández Cabrón, dueño de una pequeña flota. Este contrato, fe­chado el 24 de febrero de 1480, estipuló que se darían 100.000 maravedís al mercader que se encargase de las ropas y otras cosas menudas; que se empleasen en trigo y cebada 200.000 maravedís y otros tantos en los fletes de las naos. A Pedro de Vera, capitán nombrado para dirigir la expedición, debían darse 36.000; a Juan Rejón, «el cual ha de ir allá para el bien del negocio», se le daban 20.000. Para llevar a efecto «tan santo viaje» se estimó duraría «es­ta empresa por espacio de diez años... e de las presas que en ellos se faga placiendo a Dios durante los dichos diez años, e los quin­tos pertenecientes al Rey e Reyna sean de ellos e para ellos, en enmienda y satisfacción e arrisco de sus personas e faziendas...»” (Buenaventura Bonnet, 1949)

El cronista español del siglo XV, Alonso de Palencia, añade a la  historia de los canarii un importante y honroso pormenor: que Tirajana era con Tirma los dos refugios sagrados de los canarii, donde éstos habían edificado templos para sus ritos, ceremonias y sacrificios.

En la decisiva etapa de la invasión y conquista de la Isla Tamarant (Gran Canaria) por  los castellanos, Tirajana va a desempeñar un importante papel a todo  lo largo de las operaciones bélica.

El 24 de  agosto de 1479 una importante expedición militar invasora, acaudillada por  el obispo de la secta católica Juan de Frías y el citado pirata y capitán de la mar Pedro Hernández Cabrón,  sufrió un serio descalabro en los alrededores de La Caldera, por obra  de los valientes e indómitos  tirajaneros. Los invasores castellanos  experimentaron cuantiosas pérdidas en muertos y heridos; al mismo  tiempo que revestía circunstancias trágicas la difícil retirada.

Según nos relata Marín de Cubas:

 “ Andavan los canarios tan descomedidos, y atrevidos que hacian en los xristianos grandes burlas, y maldades, haziendo de noche rebatos arma falsa, y a el soldado que veian apartado, o solo le procuraban matar, y la maior fuerza de ellos estaba a la parte opuesta de la Ysla en unas sierras, y varrancos agrissimos llamados Tirajana onde viven en cuebas, y grutas altísimas como las aves de onde las mugeres arrojan piedras, y palos por su defenza y el almirante con alguna gente suia, y otros veteranos y canarios practicos amigos, y enemigos de los suios por delitos.

Envarcados en tres navios fueron al fin de la ysla y dia 24 de agosto de san Bartholome llegaron al pueblo que esta al pie de las sierras, y le hallaron sin gente bien proveidos de carne en sesina ganados, cevada, manteca, y miel silvestre en ollas y odres, y higos passados, y recojida la presa queriendo venir a embarcarse ya serca de noche le dixeron a Pedro Hernandez, que no convenia porque havia cierta emboscada de canarios a la retirada, respondio que tenia los navios sin gente, y que havia de dormir en ellos, y no temia a hombres desnudos, iendo de marcha una cuesta arriva agria, y de malos passos, salieron los canarios dando silvos gritos, y pedradas en lluvia, y palos con que mataron 26 xristianos, y mas de cien heridos, y desvaratados caminaron a la marina, y ellos en su seguimiento que fue menester que de las lanchas se disparasen armas de fuego, y ballestas salio Pedro Hernandez con una pedrada en la caveza, y quedo sin algunos dientes, y la boca torsida que no pudo hablar ni comer bien vino renegando de los canarios, de la conquista de tales fieras.”
(Marin de Cubas, 1694(1993).




El supuesto fraile Juan Abreu y Galindo nos proporciona otra descripción de los hechos, aportado otros datos de intrés:

“Acordó el gobernador Pedro del Algaba y el deán don Juan Bermúdez se hiciese una entrada en la banda de Tirahana, pues tenían bastimentos y había gente que había traído el capitán Pedro Hernández Cabrón, el cual pidió esta entrada. Y, tomando parte de la gente que estaba en la conquista y con la que él tenía, se fué la vuelta de Tirahana, yendo en su compañía el obispo don Juan de Frías. Como llegaron, tomaron tierra, no pudiendo hacer presa, porque, como los canarios vieron los navíos, se subieron a los altos y sierras ásperas.

Los cristianos se metieron la tierra adentro en su seguimiento, tomando todo lo que hallaron en el lugar, que fué cebada, higos, y mucho ganado. Y, queriendo salir del lugar con la presa para los navíos, un canario cristiano que había ido con ellos les dijo que no saliesen del lugar donde estaban, porque todos los canarios estaban allí juntos, y había muchas cuestas que descender muy agrias, y en ellas corrían gran peligro; que se estuviesen que dos allí dos días, pues tenían qué comer, y los canarios no tenían ninguna provisión y se derramarían en buscarla, y les sería más fácil la bajada. Mas el capitán Pedro Hernández Cabrón, como no había experimentado ni visto el ánimo y ligereza de los naturales, dijo que él no tenía temor a gente desnuda, y que tenía los navíos sin gente, que habían de ir a dormir en ellos.” (Abreu Galindo, 1977:198-199).

La generosa nobleza canarii

En esta batalla los canarios estaban al mando del Faicán de Telde e infligieron a los castellanos 22 muertos, 100 heridos y 80 prisioneros los cuales justamente habían sido condenados a muerte, siendo salvados por la generosidad de una maguada, relato que nos proporciona Abreu desde una óptica cargada de tinte cristianos:

“Mientras las cosas de la conquista de esta isla de Gran Canaria andaban de esta manera, en discordia y des­gracia entre sí los cristianos, el Doramas, guanarteme de Telde, y su gente, donde andaban recogidos y alzados en la sierra, tenían ochenta cristianos de los que habían preso y cautivado por la isla y en la re­friega de Tirahana del capitán Pedro Hernández Cabrón. Y, juntándose a consejo los doce gayres y el faycag con el Doramas, acordaron por común consentimiento de todos quemarlos, y que cada uno entre­gase su prisionero para este efecto, porque la gente se ocupaba, y les era impedimento el guardarlos; y también que les gastaban y consu­mían los mantenimientos que tenían para su sustento, y dellos no esperaban provecho, sino impedimento para la guerra.

Y, estando los cristianos amarrados y hecha una gran hoguera, queriendo poner en efecto su determinación, salió a gran priesa, dando voces, una canaria religiosa, tenida entre todos los canarios en gran reputación y veneración de santidad, la cual era como madre de las maguadas; y ésta era madre de un hidalgo gayre, que tenía allí un cristiano para quemarlo. Dijo a su hijo que en ninguna manera hiciese daño en los cristianos, que les vendría mucho mal por ello; que así se lo avisaba de parte de Acoran, (que era Dios). Los canarios eran muy amigos y recatados de guardar la religión y obedecer a los ministros de ella; y así, oída la religiosa, su hijo desató su cautivo.

Los demás,  visto lo que había hecho el gayre, también desataron los demás que estaban atados y les dieron libertad que se fuesen, diciéndoles que mirasen lo que con ellos habían hecho. Llamábase el hijo de esta cana­ria religiosa Aymediacoan, cristiano de secreto entre ellos, muy parien­te de los guanartemes de Telde y Gáldar. Este Aymediacoan tuvo una  hija que casó, después de conquistada la isla de Canaria, con Masión de Betancur, que se llamó Luisa de Betancur, de quien descienden los Betancores de Gáldar. Tuvo también este Aymediacoan un hijo que llamaban Autindana, de quien descienden los Cabrejas de Canaria.” (Abreu Galindo, 1977:204-205).

Ejemplos  como este de generosidad con el enemigo vencido en las diferentes islas  están recogido por los cronistas, al contrario que los cristianos que olvidaban sus precepto de no matarás y os amareis los unos a los otros.

Agosto de 2013.

Fuentes consultadas:

Javier Fornell  Fernandez
Llamadme Cabrón
Ediciones Mayi, 2010.

Juan Manuel Valladares
Pedro Fernández Cabrón. Un Pirata necesario
En: www.esefarad.com › Artículos

Buenaventura Bonnet y Reveron
La conquista de Gran Canaria
Revista de Historia
Tomo 18. Año 25. Número 100. Año 1949.
Tomas Marín de Cubas
Historia de las Siete Islas de Canaria.
Transcripcion, introducción y notas de Francisco Osorio Acebedo
Editorial Globo. ISBN.: 84-8101-311-0

Fr. J. de Abreu Galindo
Historia de la conquista de las siete islas de Canaria
Goya Ediciones, 1977. ISBN.: 84-400-3645-0.

HOMENAJE A JOSE PEREZ VIDAL





PALABRAS PARA UN MERECIDO HOMENAJE Carmen Díaz Alayón
Para ti llegará la primavera
y a ser otoño volverás como antes
mas yo no seré ya lo que antes era.
Cristóbal del Hoyo
El 22 de julio de 1990 perdíamos a don José Pérez Vidal. Se fue de nosotros callada y elegantemente, como todos los actos de su vida. Para decirnos adiós, esperó a que terminara el brillante minué lustral, con su dulce propuesta de ensueños anacrónicos y gentiles nostalgias. Aguar­dó a que la agitada y mágica polka de los enanos se apagara en la noche de la fiesta. Esperó a que cuatro querubes alados, vestidos de estrellas y de nubes de transparente tul, descendieran del firmamento para dar voz al corazón del pueblo. Dejó que la vida de la ciudad se serenara y volviera al sosegado ritmo de antes, a la plácida tranquilidad de siem­pre.
Murió el viejo profesor donde tenía que hacerlo, entre los suyos, entre nosotros, en La Palma. Dejando a un lado otras geografías por él conocidas y también queridas, decidió emprender el viaje definitivo desde el hermoso terruño del Atlántico donde vio la luz primera cuando el siglo aún era joven. Quiso para sus últimos días la grata caricia de la brisa isleña y el seguro abrigo de la cumbre palmera. Buscó la irrenun-ciable cercanía del océano y la piel cómplice de las olas. Se dejó abrazar por el aroma singular de su isla, un aroma hecho de mar, de tea, de retamas, de lava, de tierra labrada y de lluvia apacible. En su última singladura no se entretuvo en consultar sus viejas cartas de navegación. Ignoró otras rutas y otros puertos. No quiso saber de otros rumbos y de otras bahías posibles. Sólo ansiaba un destino, y para alcanzarlo no le hizo falta la ayuda de la brújula ni tuvo en cuenta la posición de los astros. Únicamente se dejó guiar por su corazón, forjado de sueños y de bondad. De modo decidido enfiló su barco, de buena madera y muy marinero, pero ya visiblemente desarbolado por una larga travesía, ha­cia un punto específico del Atlántico. Allí, en una playa de Benahoare, varó su nave para siempre. Caronte lo encontró a la orilla del mar, en su paisaje.
No podía ser de otra forma. Pérez Vidal amó como pocos a estas Islas, y lo hizo siempre con una entrega que nunca supo de condiciones, con elegante humildad, con hechos, con su callado y constante quehacer. Esto se puede apreciar en la trayectoria coherente y diáfana de su vida y, además, se puede ver nítidamente en sus trabajos. Entre líneas, sus estudios rezuman ternura, cálido sentimiento y estrecha vinculación. ¡Con cuánta emoción escribe Pérez Vidal de la cestería insular, de la terminología del ganado, de la vivienda tradicional, de los romances, del baile del trigo o del alma de Tacande! ¡Con cuánto amor habla siem­pre de un trozo específico del suelo insular, de su entrañable y querida ciudad de Santa Cruz de La Palma! Una muestra palpable de este pro­fundo cariño, entre otras muchas pruebas que se podrían citar, la en­cuentro en el prólogo al libro Cosas viejas de la mar de Armando Yanes Carrillo, donde Pérez Vidal escribe:
Santa Cruz de La Palma está atravesando una grave crisis. Los rasgos y elementos que le han prestado carácter y personalidad van desapareciendo de manera lastimosa. Es un mal que ya vie­ne desde atrás, pero que se ha acentuado últimamente. Y el triste consuelo de que, por desgracia, son muchas las ciudades que lo padecen no puede tranquilizar sino a los tontos... El ataque feroz del cemento, el hierro y la pintura contra la pie­dra, el barro y la tea han hecho desaparecer gran parte de las an­tiguas construcciones. Los nuevos edificios, fríos cajones de ce­mento armado, han ocupado el lugar de las viejas casas de torneados balcones y aleros ondulados; la cal ha cubierto los an­tiguos blasones; la dignidad de la piedra de las portadas ha pere­cido bajo la vulgaridad de cien manos de pintura; la belleza de algunos artesonados ha sido profanada por el albayalde; inútiles ya las antiguas fortificaciones, se ha desmantelado la ciudad; en las plazas se ha cometido el mayor de los crímenes urbanísticos.
El hormigón, casi siempre empleado con mal gusto, ha moder­nizado, es cierto, la ciudad; se han construido puentes, avenidas, grandes edificios..., pero, todos, poco más o menos, como los que, por estos mismos tiempos, se han construido en cualquier parte. Si se continúa "modernizando", y no se tiene el acierto de restaurar y conservar con gusto algunos rincones, día llegará en que, en Santa Cruz de La Palma, no quedará nada que merezca ser visto; ningún sitio con personalidad y carácter, en donde cada individualidad pueda fortalecerse y sentirse, aunque sea momentáneamente, protegida del contagio uniformador de la masa.
Cuando llegue ese día tristísimo en que el mundo haya perdido el encanto de sus sorpresas y de la variedad de sus ambientes, ya no tendrá sentido viajar.
Como puede verse, estas palabras están preñadas de amor, carga­das del signo del sentimiento. Pérez Vidal quiere salvar el alma y la estampa de una realidad y de un medio que se le escapa, quiere con­servar su ciudad tanto física como espiritualmente. Quiere que la vieja villa de Apurón, curtida por la maresía y los años, conserve su antigua traza y sus rincones, llenos de recuerdos y tradiciones, que sea una ciudad en la que cada calle, cada casa, cada rincón mantenga sus rasgos singulares y su ambiente propio, que no se produzca una radical y desastrosa renovación de sus elementos materiales, que sus habitantes muestren sus virtudes y sus defectos tradicionales, que la ciudad recu­pere la rica vida cultural que le era propia en otro tiempo y la prestancia que tuvo en el pasado.
La noticia del fallecimiento de Pérez Vidal no supuso para mí una sorpresa. Conocía de cerca su estado. Tuve constante noticia de la difi­cultad de sus últimos días y esperaba resignada el fatal desenlace. Cuan­do éste se produjo intenté consolarme pensando que su labor ya estaba hecha, que no se iba de nosotros con las manos vacías, que su quehacer científico continuaría siendo el germen generoso de otras líneas de in­vestigación. Porque aquel día de julio perdíamos a la persona, al hom­bre, a la figura venerable de José Pérez Vidal. Dejábamos de tener entre nosotros al viejo profesor que paseaba, ya cansinamente, por nuestras calles, pero también se quedaba con nosotros para siempre en su valioso legado científico y su inapreciable ejemplo como investigador. Pérez Vidal nos dejó toda una vida dedicada ilusionada y desinteresadamente […]

OBRA POETICA ESCOGIDA





[2 Tomos]

Las circunstancias obligan, en muchas ocasiones, a que la tarea de selec­cionar material literario y datos biográficos de un autor sea realizada por los familiares (hijos, casi siempre) pues el tiempo y atención que reclaman es difí­cilmente asumible por profesionales y críticos que suelen estar muy ocupados.
Así, esa labor se efectúa con mucho detenimiento, con sumo interés, pero, al coger el bolígrafo para hablar de Ángel Acosta me doy cuenta de cuan arduo resulta escribir de lo que se conoce mejor.
Si la abstracción admirativa hacia este creador es mi adlátere inflexible en las caminatas solitarias, en los días laboriosos y en la noche de vigilia; si un hombre ha sido, además, no ya el motivo para lecturas amenas, sino el amigo; si se ha conseguido entrar en su psique, atisbando en lo hondo de su razón en todos los momentos de su actividad; y si se ha formado parte de su amor como huésped deseado y mimado, entonces, a la calma del constructor de etapas su­cede la cortedad y el titubeo de quien conoce todas las caras de la evidencia.
Se hace la empresa espinosa, amalgamándose la información objetiva de primera mano con una turbación íntima, negando la sinopsis eficaz; ne­cesariamente matiza y limita la exposición de unos hechos, de unas viven­cias, de una semblanza; tal es el caso presente. Pero también es evidente que, en otro aspecto, se enriquece.
Recopilo notas del poeta Ángel Acosta Hernández, mi padre, elijo origi­nales, esbozo el glose, pero a la suma de fechas, composiciones inéditas e hi­tos vitales añado cariño, respeto y la absoluta certidumbre de divulgar su valía.
Entrego la función critica y la exégesis sobre la obra literaria de este artista, desde ahora y con alternancia, principalmente a sus compañeros en las letras, a críticos de relieve, a sus amigos, al autor mismo.
Es probable que algunos datos biográficos nos ayuden a delimitar el perfil de este poeta. A menudo no hacen sino correr paralelos al viaje que emprende en sus creaciones, pudiendo aseverarse que su vida estuvo a la al­tura de su labor literaria y que una y otra se encuentran, efectivamente, tan íntimamente urdidas que es imposible desflecarlas. Fue un hombre que tomó su trabajo creador tan en serio como su vida anímica y sus deberes profesionales.
Su padre, Guillermo Acosta Fuentes, oriundo de Tacoronte, Tenerife, es destinado a Casillas del Ángel, Fuerteventura. «Me contaron luego que cierta vez llegó al pueblecillo un maestro joven, 19 años, que al fin lo llevó al matrimonio aquella muchacha placentera entre tres hermanas...». Su ma­dre, Francisca Hernández Velázquez.
Ángel Acosta nace allí en 1900.
... «La época de niñez, que puede definirse en el hogar como imperio de la luz de vela y toda su seducción familiar», al decir de Acosta transcurre «por el pueblo humilde» y rodeado del «paisaje iluminado» —títulos de dos novelas suyas, remembranzas espléndidas de aquellos años— de la isla, que marcan su psiquis de una especial mesura, de una humilde altivez, mezclada un tanto con la introversión.
De su isla natal, posee la evocación y dice:
«Monólogo del pueblo vehemente:
Soy yo viajeros míos. Os hablo desde mis sagrados montículos nada
ciegos y nada silenciosos, pues que para algo alimento alguna vena de agua reflejadora, mucho cristal partido de antiguas botellas y mi población alta de campanas (amapolas), cuyo repicar continuo vosotros no sabéis gozar».
«Yo, el pueblo, que saluda desde sus mayores cumbres, vergonzosas de entenderse enanas en demasía ante sus algo distanciadas compañeras. To­mad en las retinas mis casucas y granjas, mi única torre, algunos molinos sin parar. ¿Poca cosa? Recojan los viajeros algunos barrancos también. Son surcos extraordinarios que abrió algún labrador poco contento en días de al­gún recuerdo, al ser nuevecitos los siglos más viejos»l.
«Y tomaré ahora de través, cuesta arriba, por en medio del barranco seco, con rirreo de grillos y plantío de piedras. ¡Cómo parecen llorar esos morales de la orilla!2.
«Me callo. Antes me estaba acordando de Anita, su hermana, y él me distrajo. ¿En dónde quedé? ¡Ah, sí!» Tiene unas manos chiquitas... Menos que las mías. Claro. Ella no trae agua ni andará con el burro. Y más limpias; pero digo yo: ¿es que las niñas no juegan con el barro y la hierba? Dentro de un rato habrá salido de su escuela y vendrá a comer. Uvas, uvas... Trayendo su traje azul y los zapatos abrochados a un lado. Me gustan sus zapatos... Me gusta el vestido... Me gusta Anita.. .»3.
Todavía niño, la familia se traslada a Las Palmas, más tarde a Tacoron-te y Santa Cruz de Tenerife; aquí estudiará bachillerato.
De su isla de adopción: («estampas imborrables del Tacoronte infantil, aguadas fiestas de Santa Catalina con el dulzor del buen turrón en los labios, escapadas al barranco de Guayonje, cohetería del Cristo y siempre la escue­la, la querida escuela del siempre querido padre como el mejor norte y guía de su vida»)4.
«Bienquerida ciudad, campo dichoso que eres aún andanza del abuelo, recato de mujer ante el paisaje, reciedumbre en el torso del labriego».
1  De la novela poemática Mujerío. Publicada en enero de 1935, con ilustraciones de A.
Fariña. Sta. Cruz de Tenerife.
2  De la novela corta Por el pueblo humilde. Publicada por Novelistas Canarios, tras un
concurso, con ilustraciones de Juan Ismael. Sta. Cruz de Tenerife, 1-1-1929.
3  De la novela corta El paisaje iluminado. Publicada en la revista madrileña Blanco y ne­
gro, tras un concurso. Ilustrada, Madrid, 1931.
4                     Del artículo «Desde la otra vertiente». De Alfonso García Ramos. En La Tarde. Sta.
Cruz de Tenerife, 22-11-1971. […]


HOMENAJE A ALFONSO TRUJILLO





[2 Tomos]

Este Homenaje al que fue profesor de la Universidad de La La­guna, Don ALFONSO TRUJILLO RODRÍGUEZ, que edita el Aula de Cultura del Excmo. Cabildo Insular de Tenerife, se inscribe en la serie editorial proyectada al objeto de rendir tributo a aquellas personas cuya labor por la cultura y el saber en general les haga acreedoras al reconocimiento de la sociedad que les albergó y que se benefició de tal labor.
La iniciativa y ejecución de este Homenaje se debe al Departa­mento de Historia del Arte de la Universidad de La Laguna, cuyos miembros, haciendo gala de una fina sensibilidad humana y acadé­mica, se erigieron en motores de tan noble proyecto tendente a testi­moniar ante el pueblo entero el respeto por la labor docente e investi­gadora de un universitario integral.
Por petición expresa de los compañeros de Alfonso, promotores de esta iniciativa, es por lo que asumo gustoso el compromiso de la presentación de esta obra de dos tomos recipientaria del ilusionado trabajo de más de cuarenta personas -todos ellos profesionales de la enseñanza y de la investigación- que, desinteresadamente, han apor­tado una parte de su creatividad, proporcionando una bella lección de generosidad colectiva.
Soy consciente de que esta petición de presentación de la obra viene motivada más por mi calidad actual de Presidente de la Comi­sión de Educación y Cultura del Excmo. Cabildo Insular de Tenerife

que por los posibles méritos académicos que pudiere acumular por la de profesional de la enseñanza. Por supuesto que he de manifestar preocupación por tal cometido, habida cuenta que mi vinculación con las letras está bastante lejos de la actividad profesional que de­sempeño en una de las ramas de las ciencias experimentales. Pero tal preocupación no empaña, en absoluto, la satisfacción de partici­par con este prólogo en el recuerdo de aquel universitario que tanto hizo por la cultura en las islas.
Quizás en un futuro, investigadores del Arte en Canarias, reco­rrerán los viejos manuscritos de Alfonso, escudriñarán en sus apun­tes, profundizarán en su dilatada obra y sacarán a la luz aspectos desconocidos de una prolífica labor que un día inesperado quedó truncada para siempre. Nosotros, desde estas páginas, queremos re­cordar a un Alfonso Trujillo, luchador incansable, investigador pro­fundo, amigo de sus alumnos, conferenciante y crítico de Arte, escri­tor y brillante orador. Alfonso, para todos fue un hombre que daba ejemplo de constancia, de generosidad y de entrega, que siempre es­tuvo presto a colaborar en cualquier empresa cultural para la que fuera llamado.
Testimonio de su voluntad indomable fue su tesis doctoral «El Retablo Barroco en Canarias», en la que invirtió más de seis años de trabajo compartido con sus otras muchas actividades profesionales y de compromiso social. Tal como manifestó en reiteradas ocasiones, para la elaboración de su tesis doctoral tuvo que peregrinar por el Archipiélago en un «lento y duradero recorrido», que le proporcionó un profundo conocimiento de nuestro patrimonio cultural pictórico y por cuya adecuada conservación, no dejó nunca de hacer oír su auto­rizada palabra. Alfonso fue un hombre que dedicó lo mejor de su obra -además de a sus hijos- a quien «alimente la conciencia de nuestro pasado, su mantenimiento en el presente y la esperanza de su conservación en el futuro».
Alfonso, en el año 1973 fue galardonado con el premio de inves­tigación « Viera y Clavija», instituido por el Excmo. Cabildo Insular de Gran Canaria por el trabajo motivo de su tesis doctoral que fue publicado por esa institución unos años después. La Caja General de Ahorros de Santa Cruz de Tenerife le publicó la monografía «Fran­cisco Bonnín, sentimental y acuarelista», con motivo de la exposi
don conmemorativa del primer centenario del nacimiento del excep­cional acuarelista tinerfeño que tuvo lugar a finales de 1974. Sus aportaciones se extendieron a estudios varios como los que dedicó a «San .Francisco de La Orotava», «Arquitectura antigua de La Oro­tava», «Visión artística de la Villa de La Orotava», «El arte gótico en Canarias»... etc. Escribió y publicó la «biografía» de la agrupa­ción de acuarelistas canarios por encargo expreso de esa entidad, vinculada* desde su fundación, al Círculo de Bellas Artes de la capi­tal tinerfeña. Obtuvo el premio de investigación «Antonio Rumen de Armas», instituido por la empresa del periódico EL DÍA, en cuyas páginas aparecían con asiduidad, colaboraciones diversas de este gran universitario.
Parece, pues, sobradamente justificada la iniciativa del presente homenaje a un hombre que murió a mitad de su carrera profesional docente. A un hombre que, desempeñando el puesto de profesor de Historia del Arte, ejerció como un excepcional «catedrático» proyec­tando su saber en el Aula y en toda la sociedad canaria; desde la conferencia en la docta tribuna de cualquier tradicional entidad cul­tural a la charla-coloquio en el seno del frío salón de la sociedad ve­cinal de un barrio cualquiera de la isla, pasando por sus frecuentes apariciones en las páginas de la prensa local o en las no menos fre­cuentes intervenciones en programas culturales radiofónicos. Alfonso fue, en suma, un verdadero profesor que no necesitó alcanzar el máximo rango oficial de la carrera docente para que sus alumnos y su pueblo, en general, le calificaran respetuosamente como tal.
En los dos tomos de esta Obra se recogen trabajos de investiga­ción de un importante número de profesionales que tuvieron la opor­tunidad de conocer a Alfonso y que, desinteresadamente, atendiendo a la llamada de los promotores del Homenaje, no dudaron -tal como dije antes- en aportar parte de su quehacer investigador en concepto de testimonio y respeto a la figura de un compañero excepcional. El Primer Tomo contiene veintidós trabajos relacionados, más o menos directamente, con el Arte, excepto el último enmarcado en el campo de la Arqueología; en ese denso conjunto de más de ochocientas pá­ginas se incluyen aportaciones valorativas de diversos aspectos de nuestro patrimonio artístico, como son: «Arte y artistas de vanguar­dia en Gaceta de Arte», «Semblanza del escultor Jacinto Higueras Fuentes», «Nuevas aportaciones al conocimiento del pintor José […]

RECORDAR ES REVIVIR…





Josefa Falcón Abreu

En la historia de los pueblos
el vino es lo principal,
y después viene el borracho
que es el cronista oficial…

Esta copla popular me hace recordar las fiestas de mi barrio, en mi infancia. Tierra de vinos esta, la Guancha que es un pequeño pueblo que apenas ronda los 6000 habitantes, hoy cuenta con tres bodegas: Zanata, Viñamonte y Viñátigo. Era muy común entonces, me refiero a la época de mi infancia, que el primer día de la fiesta, que siempre era un sábado, algunos acabaran dando la nota por pasarse de tragos, los demás días no pero el primero… como que era cogido con muchas ganas se perdía el control, y al día siguiente, de todas las barbaridades que se decían o hacían, eran la comidilla de la gente.

Por hablar se hablaba de lo que se podía y de lo que no, vamos que lo de cronista oficial les iba que ni pintado. Yo era muy chica y aún no salía en las noches si no era con mis padres con lo que no tuve ocasión de ver personalmente este tipo de cosas, sin embargo recuerdo que una noche, alguien, no sé de donde, se pasó horas con una pea de aquí te espero cantado todo el tiempo “María Dolores, María Dolores…” y así durante horas porque eran las dos únicas palabras que se sabía de la canción. La plaza donde se celebraba la fiesta esa noche era la mayor de las dos que hay en el barrio pero fue en la pequeña donde no había ningún acto donde este hombre apeteció dar su concierto. En la casa de mi tía, que estaba junto a la plaza donde se encontraba este hombre no hubo forma de que durmiéramos nadie pues se hizo de día y el hombre seguía cantando su soniquete…Eran aquellas unas fiestas de barrio muy familiares y muy entrañables y sobre todo muy canarias, con sabor a lo nuestro, con estallidos de voladores y música canaria, con sabor a ñames y vino nuevo del lugar, con bailes, con orquestas canarias, luego, cuando fui mayor, también llegué a tocar con nuestra orquesta “Los Tamarindos” en esas fiestas, casi disfrutaba más subida en el escenario, con mis compañeros, con mi guitarra eléctrica colgada al cuello y mi voz entonando las canciones de moda, que bailando con mis amigos y amigas tal como lo reviví el pasado noviembre cuando nos volvimos a reunir para actuar en ese precioso homenaje que nuestro barrio y el Ayuntamiento de La Guancha nos ofreció…Los recuerdos nos hacen revivir lo ya vivido, nuestra mente nos guarda todas las cosas que nos han hecho felices o no para en ciertos momentos poder disfrutar de unas o lamentarnos de otras a través de los recuerdos…Buen día amigos…



"Los Tamarindos", noviembre de 2012, una foto para el recuerdo...